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Posponer la alarma del despertador, ¿es bueno o malo?

Posponer cuesta unos seis minutos de sueño y ningún daño cognitivo medible. El problema no es la salud: son los 27 minutos que tardas en salir de la cama.

El ninja del sol de Risly desmintiendo un bulo delante de un gráfico sobre posponer la alarma

La respuesta corta

Ni bueno ni malo para el cerebro. Cuando un laboratorio del sueño lo midió con polisomnografía (Sundelin, Landry y Axelsson, Journal of Sleep Research, 2024), media hora dándole al botón de posponer costó a 31 personas que ya lo hacen habitualmente unos seis minutos de sueño y ningún deterioro cognitivo medible: en tres de las medidas, la mañana con alarma intermitente salió incluso algo mejor. El coste real lo marca el reloj de la pared: en un seguimiento de 450 trabajadores con pulseras de actividad (Mattingly et al., SLEEP, 2022), quienes posponen tardaron unos 27 minutos desde la primera alarma hasta estar de pie, frente a unos ocho minutos del resto.

Casi nadie separa las dos cosas que están en juego, y son muy distintas: tu salud por un lado, tu puntualidad por otro. El botón de posponer no te rompe el sueño, te rompe la mañana. Como el debate siempre se ha planteado en clave de salud, buena parte de lo que has leído sobre él es humo.

Durante años nos tragamos la versión dramática. Que posponer fragmenta el REM, que reinicia ciclos de sueño, que te deja el cerebro hecho papilla toda la mañana. Y luego, cuando fuimos a mirar de dónde salía eso, resulta que no salía de ningún sitio. La ciencia real es mucho menos escandalosa y mucho más útil.

Conviene que sepas de quién viene esto: hacemos Risly, una alarma que no lleva botón de posponer, así que tenemos un interés evidente en la respuesta. Precisamente por eso esta página defiende lo contrario de lo que te esperarías de nosotros (los datos dicen que posponer no te hace daño) y deja abajo, con su enlace, cada estudio del que sale cada cifra.

¿Qué dice la ciencia sobre posponer la alarma?

La ciencia dice que posponer la alarma es de lo más común y que no hace lo que te habían contado. En 2024, el Journal of Sleep Research publicó un trabajo de Tina Sundelin, Shane Landry y John Axelsson que en realidad son dos estudios distintos, y conviene no mezclarlos. El primero es una encuesta a 1.732 adultos sobre cómo se despiertan: el 69 % reconoció que recurre al botón de posponer o a varias alarmas al menos de vez en cuando, y quienes lo hacen son sobre todo gente joven y de cronotipo vespertino. Ahí no se midió ni el sueño ni el rendimiento mental de nadie, así que esa cifra no se puede pegar a ningún resultado de laboratorio.

El segundo estudio de Sundelin y sus colegas (Journal of Sleep Research, 2024) sí lo midió. Treinta y una personas que posponen habitualmente pasaron dos mañanas cableadas en un laboratorio del sueño: una posponiendo durante media hora, otra levantándose a la primera. Esa media hora se llevó unos seis minutos de sueño. La batería que les pasaron nada más levantarse (aritmética, memoria episódica, memoria de trabajo y una prueba de Stroop) no empeoró: en tres de esas medidas, la mañana con alarma intermitente salió algo mejor. Tampoco aparecieron efectos claros ni en la respuesta de cortisol al despertar, ni en la somnolencia, ni en el ánimo, ni en la arquitectura del sueño de la noche. El mecanismo que proponen los autores le da la vuelta al bulo: esos minutos de alarma intermitente evitan que el despertar definitivo caiga en N3, el sueño profundo del que peor se sale.

Con sus límites, y hay que decirlos: treinta y una personas son pocas, todas eran gente a la que le resulta fácil volver a dormirse y el tiempo posponiendo estaba limitado a media hora. Los propios autores avisan además de que sus factores de Bayes dejan varios de los resultados cognitivos en el aire: hacen falta más datos antes de que nadie se apoye en ellos. La encuesta, por su parte, es una foto fija (pregunta por hábitos, no sigue a nadie a lo largo del tiempo), de modo que nada de esto nos dice qué pasa al cabo de los años ni qué le ocurre a quien encadena cinco alarmas repartidas en hora y media. Lo que sí queda desmontado es la frase viral de que nueve minutos «reinician un ciclo de sueño»: no hay un solo dato que la sostenga.

Seis minutos. Ese es todo el coste demostrado en el laboratorio de Sundelin (Journal of Sleep Research, 2024). Cuando lo lees así, la pregunta de si posponer es bueno o malo se desinfla sola: por seis minutos no le vas a poner una etiqueta de veneno a nada. El problema es que la pregunta estaba mal planteada desde el principio.

¿Cuánta gente pospone la alarma cada mañana?

Casi la mitad de la gente le da al botón de posponer prácticamente todas las mañanas. En 2025, Rebecca Robbins y su equipo del Brigham and Women’s Hospital publicaron en Scientific Reports el análisis de 3.017.276 sesiones de sueño de 21.222 personas registradas con la aplicación Sleep Cycle: el 45 % de los usuarios pospuso en más del 80 % de sus mañanas, el 55,6 % de las sesiones terminó con el botón de posponer y las que acabaron así se comieron unos 11 minutos de media. Con esos números, posponer no es un desliz que merezca sermón alguno: para casi la mitad de la gente, la mañana empieza así y punto.

¿Por qué posponer la alarma te hace llegar tarde?

Posponer te hace llegar tarde porque te pide una decisión en el peor momento imaginable para tomarla. El botón de posponer no te quita descanso, te quita puntualidad: plantea «¿me levanto o cinco minutos más?» en plena inercia del sueño, cuando la corteza prefrontal, la parte del cerebro que calcula consecuencias, todavía va con el freno de mano puesto.

Y esa versión de ti no razona. No piensa «si me quedo pierdo el tren». Solo quiere que el ruido pare y que la cama siga caliente. Por eso los cinco minutos se convierten en veinticinco y llegas tarde a la reunión. No es un fallo de carácter: es que le has dado el volante a la versión de ti menos preparada para conducir, y se lo vuelves a dar cada nueve minutos.

Un brazo desnudo sale de debajo del edredón en la penumbra, con los dedos movidos, y aterriza junto a un teléfono encendido en una mesilla llena de trastos
Esto no es una decisión: es el tramo de la mañana del que después no queda ni rastro en la memoria.

Y no es una forma de hablar. En el experimento de Wertz y sus colegas publicado en JAMA (2006), el rendimiento en los primeros minutos tras despertar salió peor que después de 26 horas seguidas sin dormir. La revisión de Lynn Trotti en Sleep Medicine Reviews (2017) se ocupa del extremo grave de ese mismo estado, la borrachera del sueño, y recuerda que en los datos poblacionales de Ohayon uno de cada siete adultos declaró haber tenido un despertar confusional en el último año. Con ese cerebro es con el que decides, a las 6:40, si te levantas o te quedas.

El precio, además, se paga en minutos de reloj y no en minutos de sueño. En 2022, Mattingly y su equipo publicaron en SLEEP el seguimiento de 450 trabajadores con pulseras de actividad: el 57 % posponía, no dormían menos que el resto ni estaban más somnolientos. Lo único que separaba a los dos grupos era la forma de la mañana: entre la primera alarma y poner los pies en el suelo pasaban unos 27 minutos, frente a unos ocho minutos de quienes se levantan a la primera. Seis minutos de sueño no le arruinan la vida a nadie; veintisiete minutos de mañana son la diferencia entre desayunar sentado y salir por la puerta con el abrigo en la mano.

Ejemplo ilustrativo, no una participante de ningún estudio. Rocío tiene 36 años, es técnica de laboratorio en un hospital de Córdoba y ficha a las siete. El martes puso la primera alarma a las 5:40 y la pospuso cuatro veces: se acuerda de la primera y de la última, la de las 5:58 no la recuerda en absoluto. Salió de la cama a las 6:14, llegó al vestuario con lo justo y desayunó un café de máquina. Los seis minutos de sueño que ganó no son la parte de esa mañana que le costó algo.

Una cama vacía y deshecha con el edredón echado hacia atrás, cruzada por una franja dura de sol de media mañana sobre las sábanas arrugadas
A esa hora ya no se nota en el cuerpo: se nota en el sol que entra por la persiana cuando por fin dejas la cama.
Posponer media horaLevantarse a la primera
Sueño perdidoUnos 6 minutosNinguno
Daño cognitivo medidoNinguno hallado (Journal of Sleep Research, 2024)Ninguno
Respuesta de cortisol al despertarSin diferenciasSin diferencias
Somnolencia a lo largo de la mañanaSin diferenciasSin diferencias
De la primera alarma a estar de pie (SLEEP, 2022)Unos 27 minutosUnos 8 minutos
Decisión exigida medio dormidoSí, una por cada posponerNo

¿Por qué la alarma se pospone justo nueve minutos?

Los nueve minutos salen de un engranaje de los años cincuenta, no de ningún estudio del sueño. La explicación que circula apunta a los primeros despertadores con repetición, como el Snooz-Alarm de General Electric-Telechron de 1956: el tren de engranajes que ya estaba fabricado no daba diez minutos redondos sin rediseñar el mecanismo entero, así que la industria se quedó en algo menos de diez y los relojes digitales heredaron la cifra por costumbre. Se cuenta mucho más de lo que se documenta, conviene decirlo, así que tómatelo como folclore relojero. Lo que sí es seguro es que los nueve minutos fueron durante décadas el valor de fábrica (en el iPhone también), que desde iOS 26 la app Reloj deja configurar el tiempo de posponer alarma por alarma, y que ningún dato del sueño respalda ese número ni el que pongas en su lugar. Y sirve para calibrar cuánto de lo que se dice sobre posponer está inventado: el intervalo es arbitrario, lo del ciclo de sueño es falso y el deterioro cognitivo no apareció cuando alguien se puso por fin a medirlo.

¿Y si el problema no es el botón, sino la hora a la que te acuestas?

Muchas veces el problema es la hora de acostarse y no el botón. Posponer suele ser un síntoma, y la causa más frecuente no tiene misterio: te acuestas tarde y luego le pides a la alarma de las siete que arregle lo que decidiste a la una. Hay una segunda versión igual de habitual: pones la alarma a la hora de la persona que te gustaría ser (las 6:00) cuando la persona que eres se levanta a las 6:40; ponla directamente a las 6:40 y dejarás de posponer esta misma semana. Lo que ninguna aplicación puede arreglar es la deuda de sueño, porque eso se resuelve la noche anterior, no por la mañana.

¿A qué hora te tendrías que acostar?

Introduce la hora a la que suena tu alarma y la calculadora retrocede por ciclos completos de 90 minutos hasta darte las horas de apagar la luz que te dejan la noche entera.

Para levantarte a las 07:00, acuéstate a las:

  • 21:459 h de sueño · 6 ciclosRecomendado
  • 23:157,5 h de sueño · 5 ciclosRecomendado
  • 00:456 h de sueño · 4 ciclos
  • 02:154,5 h de sueño · 3 ciclos

Los 15 minutos por defecto son una media. Si caes redondo en cuanto apoyas la cabeza, o si das vueltas media hora, muévelo: las horas se recalculan contigo.

¿Alguna vez es buena idea posponer la alarma?

Sí, siempre que la mañana no dependa de una hora exacta. Si tienes margen de sobra y esos minutos de alarma intermitente te sirven para desperezarte con calma, adelante. Los seis minutos no te van a arruinar la vida y la ciencia te respalda. El botón de posponer solo se vuelve un problema cuando te espera un tren, un fichaje o un examen a las nueve. Ahí deja de ser una cuestión de bienestar y pasa a ser una de fiabilidad.

La honestidad de esto importa: no vamos a decirte que posponer te está matando, porque no es verdad. Lo que sí es verdad es que a las 6:40 no se te puede dejar un botón de posponer a mano. Ni a ti ni a nosotros. Por eso construimos una alarma que directamente no lo tiene. La idea no es castigarte por querer cinco minutos más, es quitarte la decisión de en medio cuando sabemos que la vas a tomar mal.

¿Cómo dejo de posponer la alarma y me levanto a la primera?

Para dejar de posponer hay dos caminos, y ninguno pasa por tener más fuerza de voluntad a las seis y media. El primero es quitar el botón que ya tienes: en el iPhone puedes montar tu despertador de manera que no aparezca la opción de posponer, y lo explicamos paso a paso en quitar la opción de posponer del iPhone. Es gratis y funciona si el problema es solo la tentación de ese botón concreto.

La segunda es cambiar de alarma. Risly es una alarma para iPhone sin botón de posponer: no está escondido en los ajustes, es que no existe en ninguna parte de la aplicación. La alarma se calla cuando completas una misión: escanear con la cámara un objeto que elegiste, pasar un QR o un código de barras que dejaste pegado al otro lado del cuarto, resolver operaciones encadenadas, superar una prueba de memoria, agitar el teléfono o hacer flexiones que cuenta la cámara. Y ninguna de esas cosas se puede hacer con el pulgar dormido desde la almohada. La decisión deja de estar en tus manos, que es exactamente lo que necesitas a esa hora.

Está construida sobre AlarmKit, la API de alarmas de iOS 26, así que suena en modo silencio y con un modo de concentración activo, igual que el Reloj del sistema, aunque hayas cerrado la aplicación. Eso es lo que muchas aplicaciones de alarma no logran, porque el sistema las silencia o las mata en segundo plano. Las misiones de cámara se procesan enteras en el dispositivo. No es para todo el mundo: necesita iOS 26 o superior, no existe en Android y es agresiva a propósito. Si buscas un despertar suave, una lámpara de amanecer encaja mejor.

Preguntas muy razonables

¿Posponer la alarma es bueno o malo?

Para la salud, ni bueno ni malo; para tu puntualidad, malo. En el experimento de laboratorio de Sundelin, Landry y Axelsson (Journal of Sleep Research, 2024), 31 personas que posponen habitualmente perdieron unos seis minutos de sueño en media hora de alarma intermitente, sin deterioro cognitivo medible ni efectos claros en cortisol, ánimo o somnolencia. Lo que sí cambia es el reloj: en el seguimiento de 450 trabajadores con pulseras de actividad de Mattingly y sus colegas (SLEEP, 2022), quienes posponen tardaron unos 27 minutos desde la primera alarma hasta estar de pie, frente a unos ocho minutos del resto.

¿Posponer la alarma es malo para la salud?

No, por lo que se ha medido hasta ahora: en el laboratorio de ese mismo estudio de 2024 del Journal of Sleep Research, media hora posponiendo no deterioró la cognición ni alteró la respuesta de cortisol al despertar, el ánimo o la arquitectura del sueño de la noche. El daño real no es a tu salud, es a tu puntualidad. Te hace llegar tarde.

¿Cuántos minutos de sueño pierdo por posponer la alarma?

Unos seis en total si pospones durante media hora: es lo que perdieron los 31 durmientes habituales monitorizados con polisomnografía en el estudio de 2024 del Journal of Sleep Research, comparado con levantarse a la primera. No es una cifra que justifique el pánico que se le tiene al botón. La grande es la otra: unos 27 minutos de mañana desde la primera alarma hasta estar de pie (Mattingly et al., SLEEP, 2022).

¿Es verdad que posponer fragmenta el sueño REM?

No, no hay datos que lo respalden. Es la afirmación estrella de los artículos alarmistas, pero lo único que se ha medido son esos seis minutos de sueño (Journal of Sleep Research, 2024), no un ciclo REM roto. El problema medible de posponer es que te retrasa, no que te destroce la arquitectura del sueño.

¿Cómo dejo de posponer la alarma si no puedo evitarlo?

La opción gratis es configurar el iPhone para que el despertador no ofrezca posponer. La opción que quita la tentación de raíz es una alarma que solo se apaga completando una misión de pie, imposible de terminar medio dormido.

¿Posponer todos los días es peor que hacerlo de vez en cuando?

No hay ningún dato que muestre un daño acumulado por hacerlo a diario, y a diario es lo normal: en el análisis que Rebecca Robbins y su equipo publicaron en Scientific Reports en 2025, sobre 3.017.276 sesiones de sueño de 21.222 personas, el 45 % de los usuarios pospuso en más del 80 % de sus mañanas. Lo que sí te está diciendo esa rutina es que has puesto la alarma a una hora en la que ya no crees.

¿Es mejor poner una alarma o varias seguidas?

Una, a la hora a la que de verdad tienes que estar de pie. Varias alarmas trocean el último tramo de sueño sin darte descanso extra y te enseñan a ignorar la primera, que es el fallo grave: al final acabas ignorándolas todas.

Estudios citados

  1. Sundelin, Landry & Axelsson (2024): Is snoozing losing? Why intermittent morning alarms are used and how they affect sleep, cognition, cortisol, and mood. Journal of Sleep Research
  2. Mattingly et al. (2022). Snoozing: an examination of a common method of waking. SLEEP
  3. Robbins et al. (2025): Snooze alarm use in a global population of smartphone users. Scientific Reports
  4. Wertz et al. (2006): Effects of sleep inertia on cognition. JAMA
  5. Trotti (2017). Waking up is the hardest thing I do all day: sleep inertia and sleep drunkenness. Sleep Medicine Reviews
  6. Hilditch & McHill (2019). Sleep inertia: current insights. Nature and Science of Sleep

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